
Hoy me levanté con ganas de pintar mi casa…
Para eso llamé a 4 pintores, los cité a la misma hora y les dije:
- “Quiero pintar mi casa, pero no se de que color.”
Ellos respondieron: -”¿Y cómo vamos a saber qué es lo que quiere?”.
Yo les respondí: -”Hagamos una cosa; cada uno me va a pintar una pared. Si el trabajo de alguno me gusta, lo contrato para que termine el resto de la casa. ¿Trato hecho?”.
Luego de eso me vi poniéndome hielo en el pómulo izquierdo y sujetándome las costillas que aún me dolían después de la golpiza que me dieron los 4.
Afortunadamente, esto es un relato ficticio. Pero… si algo así nos parece surrealista protagonizado con pintores; ¿porqué aceptamos que sea una realidad de todos los días en nuestra profesión? Te estoy hablando a ti. A ti, que aceptas que el cliente te pida que quiere ver 5 propuestas diferentes de 5 ideas diferentes. A ti, que le perdonaste el adelanto y ahora estás esperando que él retome el proyecto -"en otro momento, ahora tengo otras prioridades. Pero yo te llamo, no te preocupes…”
Si un mecánico, un plomero o quien sea, me hace firmar la aceptación de su presupuesto antes de ponerse a trabajar… ¿Por qué voy a regalar yo mi trabajo y darle las 5 propuestas de logotipo, antes de que me acepte el presupuesto y me garantice cobrar este avance del trabajo final? ¿Qué tiene de malo hacerle firmar al cliente un contrato con responsabilidades y derechos, antes de ponerme a diseñar una web durante 3 meses? ¿Qué tiene de malo querer cobrar un extra luego de cambiar por sexta vez la cabecera Flash porque hoy se levantó de buen humor y lo quiere todo verde?
Si hay algo que tengo claro, es que si nosotros mismos no nos hacemos respetar, nadie lo hará por nosotros. Tal vez, algún día no muy lejano seremos nosotros los que demos la golpiza.